Fue en la Feria del Libro de Cali de 2025 cuando vi por primera vez a Virginia Petro de León. Un auditorio lleno, desbordado, sobre todo de jóvenes. Y al terminar, una escena todavía más reveladora: una fila larga —larguísima— de lectores con un libro en la mano esperando una firma, una palabra, una dedicatoria. No era una figura tradicional de la literatura colombiana. No era uno de esos nombres que suelen llenar auditorios por inercia. Era una voz nueva. Y, sin embargo, estaba pasando algo. Ese libro se llama Después del amor, nosotras y su autora, Virginia, se ha convertido —sin estridencias, pero con una conexión muy genuina— en un fenómeno entre jóvenes que están encontrando en sus palabras una forma de leerse, de entenderse y, en muchos casos, de sanar.
Virginia, ¡qué gusto tenerte este año en esta serie de entrevistas!
Gracias a ti. Qué lindo todo eso, de verdad me dio sentimiento. Porque uno a veces no dimensiona lo que está pasando hasta que alguien más lo cuenta así, como desde afuera, y es muy bonito poder verlo de esa manera.
Hoy tienes 27 años, pero ¿con qué soñaba la Virginia más chiquita (aunque sigues siendo muy joven)?
Je, je. Yo creo que soñaba con esto, pero no en estos niveles ni a este punto. No me atrevía a soñar tan grande. Yo crecí en un pueblo, en Mateo Gómez, en Cereté, Córdoba, y uno en un pueblo sueña hasta donde puede ver, hasta donde le alcanza la mirada, hasta donde ve que las cosas son posibles en su entorno. Me acuerdo que yo le decía a mi mamá que quería ser presentadora, que quería salir en televisión, que quería aparecer en revistas, y luego, como a los 7 u 8 años, empecé a escribir, a encontrarme con ese gusto por la literatura, por contar cosas, por poner en palabras lo que sentía. Pero también hay algo muy cierto en nuestra cultura y es que uno siente que el médico o el abogado son los que salen adelante, los que tienen una vida estable, los que “hacen algo serio”. Entonces cuando yo hablaba de escribir o de estudiar literatura, eso no era tan bien recibido.
Pero ¿qué te gustaba más a la hora de decidir qué ibas a estudiar?
Yo quería estudiar periodismo o literatura y no me dejaron. Me dijeron que de eso no se vive, que eso no era una carrera. Terminé estudiando Ciencia Política, hice una maestría en Políticas Públicas, y ahora sí estoy estudiando literatura, que es lo que siempre quise. Entonces al final la vida lo ubica a uno donde realmente quiere estar, aunque el camino no sea lineal.
Uno termina llegando a donde le apasiona. Eso es verdad. ¿Cuál fue el primer libro que te marcó de verdad?
Colombia, mi abuelo y yo. Ese libro a mí me marcó muchísimo porque tenía algo muy mágico, y es que la literatura te permite ir a lugares donde tú todavía no has estado o donde quizás nunca vas a estar, pero los sientes como si fueran tuyos. Ese libro hablaba de Colombia, de sus regiones, de su historia, del Amazonas, del delfín rosado, y yo me acuerdo que eso se me quedó grabado. Y muchos años después, en 2023, yo conocí el delfín rosado y lloré. Lloré mucho porque decía: esto yo lo leí cuando tenía 6 años, esto yo ya lo había vivido en mi cabeza, esto ya era mío de alguna manera. Después viene ese momento en el colegio en el que la literatura, en lugar de acercar, a veces aleja. Libros que uno no entiende, que le parecen lejanos, que no conectan con lo que uno está viviendo. Pero mi papá siempre trató de llevarme por otros caminos. Él es muy fan de García Márquez y me puso a leerlo.
¿Y con cuál de Gabo arrancaste?
Mi papá me obligó al principio a leer Cien años de soledad, que no es fácil, que es un libro exigente, pero después lo amé. Lo leía una y otra vez. Era como volver siempre a ese mismo lugar. Y ahí fue cuando entendí que la literatura sí podía ser un lugar en el que yo quería estar, que no era algo ajeno, sino algo profundamente cercano.
¿Y las primeras líneas propias de las que te sientes orgullosa de haber escrito?
Eso llega con el primer amor y con el primer corazón roto. Yo tenía 18 años, vivía en Medellín, lejos de mi casa, en un mundo completamente nuevo para mí, con todo lo que eso implica, y creo que ahí escribir me salvó. Empecé a escribir cosas que a mí misma me gustaban, cosas que sentía que eran honestas, que salían de un lugar muy real. Muchas de esas cosas, trabajadas después, están en el libro. No están tal cual, porque uno también va cambiando, va reescribiendo, va entendiendo mejor lo que quiso decir, pero sí nacen de ahí. Y también empecé a leer autoras que escribían en ese tono, que hablaban desde la emoción, desde la herida, desde lo cotidiano, y eso me fue marcando muchísimo. Me fue mostrando que sí había un camino posible para escribir desde ese lugar.
Para quien no lo ha leído —y en este punto es difícil encontrar una joven que no lo haya hecho—, ¿de qué va tu obra Después del amor, nosotras?
Mira, José, es un manifiesto sobre la posibilidad de sanar. Sobre la posibilidad de pasar una página que es muy pesada, como un atlas, que es la página del dolor, y volver a creer, volver a confiar, volver a sentirse capaz de amar y de estar bien. Es una línea del tiempo también: es crecer en el Caribe colombiano, es salir de tu casa, es enamorarte por primera vez lejos de tu casa, es romperte el corazón lejos de tu casa y es reconstruirte también lejos de tu casa. Uno muchas veces culpa al dolor, se pregunta por qué le tocó vivir eso, por qué permitió ciertas cosas, por qué estuvo en ese lugar y en ese momento. Y después entiende que, sin romantizarlo, eso también hace parte de lo que uno es hoy. Entonces el libro es eso, es una reconstrucción, es una conversación con una misma, es volver a mirarse con otros ojos.
Si tuvieras que decir qué debemos sanar como país, ¿qué dirías?
Tenemos que sanar la forma en la que normalizamos la violencia. Creo que como colombianos hemos aprendido a ver el dolor como algo cotidiano, como algo que pasa todos los días y que ya no nos sorprende. Nos acostumbramos a eso, a ver noticias duras, a escuchar historias difíciles, a convivir con eso, y eso no debería ser normal. Y siento que también nos falta una dosis de realidad, incluso en la política, porque todo se vuelve muy pasional, muy polarizado, y se nos olvida lo que realmente está pasando en la vida de la gente.
¿Crees que tu generación está rompiendo con eso y evolucionando para bien con respecto a lo que pasaba con las generaciones de tus padres y abuelos? Mejor dicho, ¿ustedes los jóvenes lo están haciendo mejor?
Yo creo que sí, aunque no del todo. Porque seguimos viviendo muchas cosas que vivieron nuestros papás o nuestros abuelos. Pero sí tenemos otra perspectiva, sí tenemos otra forma de ver el mundo. Sabemos que eso no es lo que queremos replicar, sabemos que no queremos vivir de la misma manera, y estamos buscando otras formas de hacer las cosas. A través del arte, de la música, de la escritura, del lenguaje. Yo sí creo que hay cosas que logran mucho más que la política, sin quitarle su importancia, pero que llegan a lugares más profundos.
En ese camino, ¿qué es lo que te ha dicho la gente que más te ha marcado?
Muchas cosas, pero hay dos que siempre recuerdo. Una mujer en Cartagena, de Costa Rica, que no me conocía, vio la fila, compró el libro, lo leyó ahí mismo y me dijo que trabajaba con mujeres víctimas de violencia intrafamiliar y que ese libro no era solo para ella, sino para todas ellas. Y una carta que guardo en la billetera, de alguien que me decía que nunca se había sentido tan segura en un espacio viendo a tantas mujeres unidas, agarradas de la mano, acompañándose. Eso a mí me marcó muchísimo, porque uno entiende que ya no es solo un libro, que hay algo más grande pasando.
Estamos en estos primeros meses de 2026, ¿qué les dices a las mujeres jóvenes?
Que se atrevan a soñar, pero a soñar muy en grande. Que no pierdan el asombro por lo que ya tienen mientras buscan más, porque a veces uno se obsesiona con lo que viene y no se da cuenta de lo que ya logró. Estamos ocupando espacios que antes nos dijeron que no eran para nosotras. En mi caso, como mujer negra, como mujer gay, eso es muy poderoso. Y hay que sostenerlo, hay que ampliarlo, hay que creérselo, porque nadie más lo va a hacer por nosotras.
¿Y a los políticos?
Que le apuesten a la verdad. A este país le falta mucha verdad. Y que trabajen con los jóvenes desde la sinceridad, no desde el oportunismo, no desde la necesidad de aprovecharse de ellos. Muchas ideas vienen de jóvenes que no son reconocidos, que quedan atrás, y creo que quien llegue debería entender eso, creer en ellos, creer en su visión del país, que es distinta pero muy válida.
Antes de cerrar: hay una idea instalada de que los jóvenes no leen. ¿Tú lo ves así?
Yo no creo que sea así. Creo que lo que pasa es que pensamos que hay ciertos libros que hay que leer para encajar, y la literatura es mucho más amplia que eso. Las redes sociales han permitido que mucha gente se acerque a la lectura de otras maneras. Hay contenido literario que llega a jóvenes, que los engancha, que los conecta. Entonces sí se está leyendo, solo que distinto, desde otros lugares.
¿Viene nuevo libro?
Sí. ¡Sale ya!, en abril, para la Feria del Libro de Bogotá. Es de cuentos y poesía, está ilustrado, y todo está ambientado en el Caribe. Se llama Me dijeron que amara con la boca llena de barro y sal.
Habrá que leerlo. Virginia, gracias por permitirnos cambiar la conversación, por lo que haces por la nueva literatura colombiana; la que engancha a la juventud y la que habla desde lo más profundo del corazón.
Gracias a ti por este espacio tan bonito.
















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