Es 1946. Ahí está el joven Rogelio Echavarría, en la sala de redacción, arrobado con el tac-tac-tac de las teclas, acompasado con el ding al final de cada línea y el golpe seco del carro regresando para empezar la siguiente. Después del punto aparte hace una pausa y le da un sorbo al café ya frío mientras imagina el arranque del siguiente párrafo.
En el aire flota una niebla tenue. Rogelio no fuma, pero el humo llega desde los otros “camarotes”, como llaman en la redacción los puestos de trabajo: compartimentos estrechos y alineados donde cada periodista ocupa su pequeño territorio, entre cerros de papeles y el infaltable pocillo de café.
Rogelio se está iniciando en el periodismo bogotano. Había hecho sus primeros pinitos en Medellín, adonde su padre lo envió a terminar el bachillerato. Pero el muchacho se dejó seducir por las cabinas de radio y las salas de redacción, y pronto se olvidó del colegio: empezó en un radioperiódico de Ecos de la Montaña y luego pasó al periódico El Pueblo.
En busca de nuevos horizontes, no tardó en irse a Bogotá con una carta de recomendación en el bolsillo. Gracias a ella lo recibieron en El Siglo, donde trabajó cerca de dos años. Al principio se ganó la confianza de Laureano Gómez. Pero el idilio duró poco: una entusiasta nota sobre Pablo Neruda, poeta al que detestaba el caudillo conservador, provocó su indignación.
Rogelio se quedó sin trabajo.
Café El Automático
Esta noche, El Automático está más animado que de costumbre. El humo asciende y forma una niebla que hoy resultaría escandalosa para quienes ya estamos habituados a los recintos cerrados “libres de humo”. Pero es 1950, y esa mezcla de olores —licores, tabacos, perfumes y café— resulta perfectamente natural, sobre todo en un lugar que se ha convertido en epicentro de la intelectualidad bogotana, donde la literatura y la política suelen ser las protagonistas de los debates.
Esta vez, sin embargo, el tema de conversación es otro: la obra de Orlando Rivera, ‘Figurita’, recién llegado de Barranquilla. Hace unos días apareció en el café con varios cuadros bajo el brazo y pidió con insistencia que lo dejaran exponerlos. Tanto insistió que el dueño del lugar, Fernando Jaramillo Botero, accedió a colgarlos, casi como un experimento, “a ver qué pasa”.
Y pasó.
Rogelio Echavarría tuvo un amor a primera vista con Bogotá Foto:Foto: cortesía familia Echavarría
La exposición causó revuelo. La prensa la elogió con entusiasmo y hubo quien llegó a decir que en Bogotá empezaba a vislumbrarse un pequeño Montmartre, en alusión a la vida bohemia, artística e intelectual que bullía en ese rincón de la ciudad. El comentario hacía eco de la vieja idea de Bogotá como “la Atenas suramericana”, que había hecho carrera desde finales del siglo XIX.
Rogelio Echavarría ha venido esta noche a ver los cuadros de Figurita. El periódico donde trabaja ahora, El Espectador, queda muy cerca. Y aunque todavía no tiene certeza, está empezando a explorar una de las vertientes que marcarán su trayectoria durante décadas: el periodismo cultural.
El transeúnte, 1995
Por la carrera 7.ª avanza Rogelio Echavarría con paso sereno y expresión apacible, como si nada pudiera perturbarlo. Viste un traje impecable y lleva la gabardina inglesa cuidadosamente doblada sobre el antebrazo. La mañana de septiembre es luminosa, aunque al fondo, el cerro de Monserrate está cubierto por una espesa niebla. Eso no parece preocupar al autor de El transeúnte.
La hora tampoco lo inquieta. Todavía es temprano para encontrarse con sus amigos de tertulia, uno de sus pasatiempos favoritos, sobre todo desde que se jubiló, en 1988, de EL TIEMPO, periódico en el que trabajó durante más de treinta años y donde ocupó cargos como subeditor cultural y secretario de redacción. Había llegado allí después de una década en El Espectador.
A sus 69 años, Rogelio Echavarría goza de una discreta celebridad en el ámbito literario colombiano. No solo por su larga trayectoria como periodista cultural —campo en el que fue uno de los pioneros— ni por las compilaciones de poesía que ha publicado en los últimos años, como Versos memorables (1989), Lira de amor (1990) y Los mejores versos a la madre (1992).
Su nombre está asociado, sobre todo, a la obra singular que ha venido esculpiendo pacientemente a lo largo de su vida: El transeúnte. Desde su primera aparición, en 1964, el libro ha tenido varias ediciones, siempre con pequeñas variaciones. Hoy es reconocida como una de las propuestas más originales de la poesía urbana en Colombia.
Santa Rosa de Osos, 1936
Rogelio tiene diez años y está concentrado escribiendo en uno de sus cuadernos escolares. Hoy hubo celebración del Día de la Madre en la escuela, pero él no quiso ponerse el clavel rojo en la solapa, “porque no tengo mamá”, ni tampoco el clavel blanco, “porque ella no está muerta”.
¿Qué escribe?
Su primer poema.
Muchos años después aparecerá en El transeúnte con el título Así sería mi madre.
Rogelio Echavarría nació en Santa Rosa de Osos, un pueblo de niebla y campanas persistentes que también vio nacer al poeta Porfirio Barba Jacob (1883) y a Darío Jaramillo Agudelo (1947). Después lo evocaría como una “ciudad levítica”, poblada de seminarios y conventos y marcada durante años por la severa influencia del obispo Miguel Ángel Builes, famoso por su fervor antiliberal.
Entre las memorias de infancia de Rogelio hay episodios amargos, como el abandono de su madre cuando apenas tenía 6 años. Pero también hay recuerdos luminosos, como el amor por la lectura que le inculcó su padre, don Jesús María. Y cuando el niño quedó viviendo solo en la pensión donde el padre lo había dejado para que asistiera a la escuela, una joven amiga de la familia, “la señorita Esther”, fue a buscarlo y se lo llevó a vivir a su casa. Rogelio siempre le guardó una profunda gratitud. Más que una madre adoptiva, decía, Esther González fue para él una hermana mayor. Con ella afianzó su relación con los libros.
Antes de irse a vivir a Bogotá, Rogelio pasó una breve temporada en Medellín, ciudad que recordaría con entusiasmo casi infantil, “la ciudad más hermosa del mundo”. En esa nota autobiográfica añadió: “No lo digo como paisa exagerado, sino como el niño deslumbrado que soñaba despierto viendo sus luces, una emoción tan grande que no sentí después, nunca, ni siquiera al conocer París”.
Y, sin embargo, sería Bogotá la ciudad que terminaría adoptándolo. Una ciudad de la que se sentía orgulloso, al punto de que no sería exagerado decir que Rogelio era un paisa más bogotano que muchos bogotanos.
Camino a la niebla
Lunes 23 de marzo de 2009. Rogelio Echavarría llega puntual a nuestra cita en el café Oma, muy cerca de su casa de toda la vida, en el barrio El Polo. A cuatro días de cumplir 83 años, conserva su elegancia y su formalismo, y es tan cordial como siempre. Pero ya no es el hombre apacible e imperturbable de otros tiempos. La niebla del alzhéimer asedia su memoria.
Tal vez por eso, en lugar de hablar de sus vivencias recientes, tan esquivas, prefiere atrincherarse en el pasado, donde todo parece más seguro. Y desfilan los recuerdos.
Primero, los hijos, en su orden: Juan Fernando, Santiago, Alejandro y Claudia. La muerte de Juan Fernando, un talentoso músico que junto a su esposa Beatriz conformó Viajeros de la Música, fue uno de sus dolores más profundos. “Cesó mi eternidad: mi hijo ha muerto”, escribió alguna vez en su poema Réquiem.
También habla de sus nietos, y dice con una mezcla de entusiasmo e incredulidad:
—¡Ya soy bisabuelo!
Entre esas evocaciones emerge otra figura del pasado: Maruja Mejía, su novia de adolescencia en Santa Rosa de Osos. Fue un amor imposible. La familia de ella no aceptó a aquel muchacho hijo de un liberal. Cuando Rogelio ya se había marchado del pueblo, le llegó la noticia de que Maruja estaba muriendo. Entonces escribió sus Elegías prematuras, in memoriam. Años después, sin embargo, llegó una carta inesperada: Maruja estaba viva. Pero él ya estaba casado con doña Beatriz Rojas y tenía hijos.
—Maruja se volvió una gran amiga —dice, sin reticencias.
Ella nunca se casó.
Aquella fue la última vez que nos vimos.
Rogelio Echavarría moriría el 29 de noviembre de 2017. Tenía 91 años.
El transeúnte se desvaneció en la niebla, pero sus pasos seguirán resonando en la poesía colombiana.
















Deja una respuesta