En Santita, la nueva serie dirigida por Rodrigo García Barcha, hijo del premio nobel Gabriel García Márquez, hay algo que genera tensión desde el primer momento: su protagonista no busca redención fácil ni se acomoda en los lugares comunes de la ficción latinoamericana. Es una mujer compleja, contradictoria e incómoda. No entra en el estereotipo y, mucho menos, se puede encasillar.
Para interpretar a María José ‘Santita’ Cano, la actriz colombiana radicada en México Paulina Dávila no solo tuvo que construir un personaje; tuvo que desmontar certezas, entrenar el cuerpo desde cero y enfrentarse a un universo que, hasta entonces, creía lejano. Porque Dávila no tuvo que ponerse en los zapatos de María José, sino en su silla de ruedas.
Santita es una médica con movilidad reducida que debe encarar las decisiones que tomó en el pasado y que ahora, en el presente, comienzan a pesarle, como haber dejado plantado en el altar a su novio de juventud, al que Gael García Bernal le da vida.
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El proyecto, que se estrenó el miércoles en Netflix, no es una historia convencional. Cruza el drama, la identidad, la culpa, la discapacidad y el amor desde un lugar poco explorado.
En conversación con EL TIEMPO, Dávila habló del proceso detrás del personaje, del trabajo con García Barcha y de lo que significa interpretar a una mujer que no pide permiso para existir.
Cuando recibió el guion de ‘Santita’, ¿qué fue lo primero que pensó?
Cuando me lo enviaron, ya sabía que me había quedado con el personaje, pero tenía una información muy superficial sobre Santita, la típica del casting, lo básico. Y hay algo bonito en cómo ocurrió todo, porque Rodrigo me llamó personalmente para decirme que el personaje era mío. Yo estaba en Cartagena con mi familia y de repente entra esa llamada… y fue una alegría infinita. Pero también fue una sorpresa enorme, porque genuinamente pensaba que no me lo iban a dar. Fue de esos castings que uno hace sin demasiadas expectativas. Con el papel asegurado, sabía que iba a ser un reto en muchos sentidos, porque no es un personaje cualquiera.
¿Incluso antes de leer los guiones?
Sí. Pero eso se hizo más evidente cuando los leí. Estaban increíblemente bien escritos y eso, para una actriz, es el mayor regalo. Luis Cámara y Gabrielle Galanter hicieron un trabajo maravilloso, y desde ahí entendí que esa escritura iba a ser la base de todo lo que iba a construir. Pero también fue el momento en el que me di cuenta de la magnitud del proceso que tenía por delante: iba a tener que entrenar muchísimo y, sobre todo, iba a tener que entrar en mundos que no conocía.
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¿Cómo fue ese proceso?
El primer gran punto fue la discapacidad. Tuve la suerte de trabajar con María Ángel García Ramos, que fue mi asesora en este tema, y a partir de ahí se abrió un universo completamente nuevo. Empecé a investigar, a tener conversaciones con mujeres con discapacidad, a entender no solo lo físico, sino el contexto social y político que atraviesa ese tema. Y eso fue fundamental, porque me obligó a acercarme desde un lugar de muchísimo respeto y humildad. Al principio, sentía que me estaba adentrando en algo completamente ajeno, pero en el proceso me di cuenta de que no era tan lejano como pensaba. Había muchas cosas personales que también tuve que revisar, cuestionar, entender. Fue un proceso muy profundo, no solo en lo actoral, sino en lo humano.
¿Y quién es Santita?
Es un personaje que contiene muchas identidades al mismo tiempo. Está la doctora y la ginecóloga, lo que implicaba aprender y entender sobre procedimientos médicos… es decir, tener una base real sobre lo que estaba haciendo en escena. Está también la mujer que apuesta, lo que me llevó a aprender de póker, carreras de caballos, peleas de gallos… códigos completamente distintos. Y, por otro lado, está el cuerpo, que fue otro nivel de exigencia.
¿Qué tuvo que hacer para interpretar a un personaje con movilidad reducida?
Tuve que aprender a nadar de verdad –no sobrevivir en el agua, sino nadar–. Y, sobre todo, aprender a usar la silla de ruedas hasta que se volviera una extensión de mi cuerpo. Trabajé con Raúl Ortega, que es usuario de silla de ruedas y el fabricante de las sillas que usamos en la serie, y con él fue un proceso muy técnico, pero también muy sensible, porque no se trataba solo de moverse, sino de entender la relación del cuerpo con ese objeto, la memoria física, la forma de habitar el espacio. En paralelo, trabajé con mi coach actoral, Fernando Piernas. Al final, fue un trabajo de capas: de ir sumando información, experiencia, cuerpo, emoción, y convertir todo eso en un personaje que, desde el inicio, sabía que iba a ser uno de los retos más grandes que me ha dado la vida.
¿Qué descubrió en ese proceso de ponerse en una silla de ruedas?
Es un universo muchísimo más amplio de lo que imaginamos. Las personas con discapacidad representan el 15 por ciento de la población mundial y son uno de los grupos más discriminados. Las cifras son muy duras, especialmente para las mujeres. Pero más allá de eso, me di cuenta de que no es un mundo completamente ajeno. Hubo cosas personales que también tuve que cuestionarme. Fue un proceso de aprendizaje, pero también de conciencia.
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La serie no juzga al personaje. ¿Usted lo hizo en algún momento?
No. Como actriz, una de mis reglas es no juzgar a mis personajes. Santita tiene sus propias motivaciones, sus heridas, su forma de ver el mundo. Y creo que eso es lo interesante: es una mujer dueña de sí misma, que no responde a estereotipos.
Santita vive con las consecuencias de una decisión irreversible. ¿Qué le dejó eso?
Para mí, la culpa es un sentimiento estéril. No construye nada. Lo importante es la reflexión, hacer las paces con lo que pasó y entender ese camino. Y la serie muestra ese proceso.
Para mí, la culpa es un sentimiento estéril. No construye nada. Lo importante es la reflexión, hacer las paces con lo que pasó y entender ese camino
Hoy vemos personajes femeninos más complejos en todas las ramas del arte. ¿Siente que hay un cambio?
Sí, y es fundamental. Para mí, lo más importante era que Santita fuera multidimensional, que se saliera completamente del estereotipo. La representación tiene una responsabilidad: no seguir alimentando ideas limitadas de lo que debe ser una mujer. Y en ese sentido, Santita es transgresora.
¿Qué significó trabajar con Rodrigo García?
Más allá de que sea hijo de García Márquez, que obviamente tiene un peso simbólico, para mí lo importante es su trabajo. Rodrigo tiene una curiosidad muy particular por el ser humano, por la identidad, y eso se ve en sus personajes, especialmente en los femeninos. Construimos una relación muy cercana, una complicidad que fue clave para el personaje.
Y, ¿cómo fue trabajar con Gael García Bernal?
Fue hermoso. Ya nos conocíamos; hay una confianza previa que ayuda mucho. Construimos juntos esta idea de un amor que se quedó en lo platónico, en lo que no pudo ser. Y eso le da mucha fuerza a la historia.
¿Qué le gustaría que el público entienda de este proyecto?
La importancia de apoyar proyectos que toman riesgos. Para mí, fue un proceso muy exigente, pero también muy satisfactorio. Sentí que tuve una libertad distinta, que pude darlo todo. Y eso es lo que me deja tranquila.
Ha construido su carrera entre Colombia y México. ¿Cómo se percibe hoy?
Es raro. Hay un grado de desarraigo. A veces soy percibida como colombiana, a veces no. Hay gente que ni siquiera sabe que soy colombiana hasta que me escucha hablar. Pero, al final, mi trabajo habla por mí. Yo puedo ser de donde sea necesario para el personaje.
Úrsula Levy – Para EL TIEMPO
En redes sociales: @Uschilevy
















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