El más reciente libro del presidente del Consejo Colombiano de Relaciones Internacionales (Cori) y excanciller Guillermo Fernández de Soto, y del vicepresidente del Cori y exembajador Andrés Rugeles, está llamado a marcar la pauta en los años por venir.
Este es uno de esos libros que llegan en el momento preciso. No solo en el marco de la Feria Internacional del Libro de Bogotá (Filbo) 2026, sino en medio de una coyuntura política particularmente compleja para el país. En plena carrera electoral y en un contexto de múltiples crisis –que el texto define con acierto como una “pentacrisis”–, Colombia Global propone una visión renovada de la política exterior, centrada en la seguridad y el desarrollo como ejes de un nuevo paradigma. Su propósito es claro: recuperar la voz, la presencia y el prestigio internacional de la nación.
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El libro ofrece una propuesta sólida, integral y profundamente pragmática. Con un equilibrio poco frecuente entre rigor académico y experiencia práctica, los autores logran ir al fondo de los problemas sin rodeos. Sus páginas se leen con fluidez y permiten entender no solo de dónde viene Colombia, sino hacia dónde debería dirigirse en un mundo cada vez más incierto, fragmentado y competitivo. Se trata de un texto concebido tanto para la toma de decisiones gubernamentales como para la reflexión académica y la acción desde el sector productivo, en particular en lo que respecta a una diplomacia económica capaz de potenciar exportaciones, atraer inversión, dinamizar el turismo y generar empleo.
Quienes firman esta obra –con una inigualable trayectoria en la diplomacia y un conocimiento profundo de los asuntos globales– apuestan por algo poco común: un libro concebido como un bien público. Es, en esencia, una propuesta de política exterior para el próximo gobierno colombiano (2026-2030), independientemente de quién resulte elegido. Su mirada trasciende la coyuntura y se proyecta hacia el largo plazo, con el objetivo de contribuir a la construcción de una verdadera política de Estado que supere los ciclos políticos y defienda de manera consistente los intereses nacionales.
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A continuación, en exclusiva para EL TIEMPO, los autores comparten algunos apartes de la reflexión final de Colombia Global:
El novelista y nobel de literatura alemán Thomas Mann escribió que “la historia es siempre contemporánea”. En efecto, cada generación vive con la convicción –y, quizá, la urgencia– de sentir que nunca hubo un tiempo más importante que el suyo. Y, si bien algo parecido podría decirse sobre Colombia, es indudable que el cuatrienio 2026-2030 será el periodo más relevante de nuestra historia moderna como nación, para su estabilización y reconstrucción.
No habrá espacio de la vida nacional que no se conecte con una pentacrisis sistémica, extendida a los temas de salud, energía, seguridad, política fiscal y relaciones internacionales. Ninguno de los cuellos de botella en estos frentes podrá resolverse desde una perspectiva doméstica. Lo internacional recobra ahora una inusitada importancia. Desde esa certeza, implementar la “diplomacia para la seguridad y el desarrollo”, más que una aspiración, representa una necesidad estratégica.
Vivimos tiempos marcados por las tensiones, la confusión y la fragilidad. En 2024, Oxford University Press escogió brain rot como su palabra del año. Se trata del “supuesto deterioro del estado mental o intelectual de una persona, visto como el resultado del consumo excesivo de material (ahora particularmente contenido en línea) considerado trivial o poco desafiante”. Por su parte, el Merriam-Webster eligió “polarización” como su palabra del año. Los dos conceptos bien pueden verse en el panorama colombiano.
En medio de esta coyuntura, el país no solo ha dejado escapar oportunidades en el escenario global, sino que ha perdido relevancia, peso específico y respeto. El ruido de los discursos, la desinformación y la cantidad de publicaciones en redes sociales no equivalen a incidencia en los grandes debates mundiales. Por el contrario, en ocasiones significa caer en el ridículo bajo la sombra de un seudo liderazgo regional y mundial, inexistente y fantasioso. El país ha caído en una suerte –o infortunio– de “populismo internacional”, liderado por el huésped de la Casa de Nariño.
Es posible un cambio
Revertir ese estado de cosas es posible y necesario. Es en medio de la incertidumbre donde más se necesita una carta de navegación. La brújula y la hoja de ruta permiten maniobrar en medio de la tempestad. Ese es, precisamente, el sentido de la política exterior. Porque, contrario a la noción que se presenta desde algunos círculos, tener claros los objetivos y las necesidades estratégicas permite hacer frente a los cambios inesperados.
Durante las últimas décadas y gobiernos, Colombia había logrado avanzar hacia un servicio exterior cada vez más profesional y de excelencia. Ese ecosistema de personas, prácticas, instituciones y visiones se había dirigido hacia la construcción de unas relaciones internacionales como política de Estado y no como una política de gobierno. Resulta fundamental rectificar el camino. En el periodo 2022-2026, el retroceso ha sido notable. La historia así lo juzgará, y con mayor acidez en las próximas décadas.
No obstante, Colombia merece tener una política exterior vanguardista, ágil y flexible –adaptada a los desafíos y agendas cambiantes de los tiempos que vivimos–. Esto se logra teniendo principios claros, bases sólidas y una serie de líneas rojas que no se pueden transgredir. Estas últimas abarcan los temas esenciales para el país, pero también una barrera de protección frente a la ideologización de la diplomacia o al deterioro de la calidad en el servicio exterior.
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El país debe tener una visión común y unos principios universales, así como estrategias, lenguajes y agendas diferenciados para cada nación, cada bloque, cada institución y cada espacio multilateral. Como se detalla en el libro, los intereses, los temas de relación y las áreas de potencial son diferentes para cada actor. Por ende, igual de diversa debe ser la estrategia para dialogar, cooperar, comerciar e invertir. Conviene recordarlo y volverlo a poner en práctica una y otra vez.
Colombia tiene mucho que decir en los debates presentes y futuros de la política internacional. Esto resulta evidente en temas de desarrollo sostenible, protección de los ecosistemas estratégicos y gestión de activos ambientales, aunque también en materia de lucha contra el crimen organizado transnacional, fortalecimiento de la democracia en el hemisferio, integración energética y desarrollo de infraestructura. De igual forma, la voz de Colombia –a nivel individual y también como parte de la región– será clave en debates y decisiones impostergables en temas como la reforma del sistema financiero global y los ajustes para que el mundo tenga un multilateralismo renovado.
El potencial y el espacio están servidos. De cómo se decida avanzar hacia ellos dependerá si se convierten en fuente de realizaciones o nuevas frustraciones. Colombia puede ser un eje promotor de consensos y retomar su papel de dinamizador de la acción conjunta a nivel regional y global.
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En este punto surge la pregunta de si esto será posible de alcanzar en medio del clima de polarización interna. Así como la solución a los problemas de la democracia está en más democracia, los desafíos de la política se afrontan con buenas políticas. Esto es, actuar desde una posición que rechace los extremos –sin importar de qué orilla provengan–. La clave está en unir y generar amplios consensos.
Una política internacional que proponga una Colombia fuera de los espacios multilaterales es tan descabellada como tramitar las diferencias entre mandatarios a través de publicaciones en redes sociales o eliminar los requisitos para hacer parte del servicio exterior bajo una pretendida “igualdad” que solo busca desandar el camino recorrido. Es necesario ponerle punto final a esta dinámica que solo lleva a la autodestrucción de la nación. Es imperativo alejar del camino a la diosa griega Ate –con quien coquetean algunos dirigentes del país–. Esta representa la ruina, la imprudencia y el error.
El antídoto
La fórmula se encuentra también en poner fin a la obsesión de buscar los culpables de nuestros males en el pasado, así como en un “parroquialismo” que nos hace mirarnos el ombligo con demasiada frecuencia. El antídoto frente a este mal intrínseco a muchos colombianos reside en un globalismo que invita a ver al mundo con ‘M’ mayúscula en su integralidad y de frente –sin complejos y también sin arrogancia–. El camino es dejar de pensar y propagar la falsa idea de que Colombia es el “centro del universo”.
Los colombianos –y es válido decirlo en un año en que se juega el Mundial de Fútbol de Estados Unidos, México y Canadá– solemos vernos en términos absolutos. Somos todo o nada. Los mejores o los peores. La política exterior puede contribuir a que, como nación y sociedad, nos veamos como un valioso actor, parte de un colectivo que –unido– puede mover en la dirección correcta el curso de la historia.
Colombia ha contribuido de forma importante a la consolidación del orden multilateral a nivel global y regional. Desde la Carta de Naciones Unidas en San Francisco en 1945 hasta la Organización de Estados Americanos (OEA), la Comunidad Andina de Naciones, CAF-Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe, la Corte Penal Internacional, la Alianza del Pacífico, la Carta Democrática Interamericana, el concepto de corresponsabilidad en la lucha contra las drogas, los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), entre otros.
Esa construcción de instituciones, ideas y normas permanece vigente en el potencial de nuestra política exterior. Es parte de su ADN. Es momento, por lo tanto, de revalidarlo y revitalizarlo, no por vanidad o gusto, sino por supervivencia y por la defensa del interés nacional en el corto, mediano y largo plazo.
La incertidumbre no es una excepción, sino una marca permanente de los tiempos que vivimos. Esa constante toma formas antes impensadas: nuevas tensiones geopolíticas, alianzas inesperadas, incluso la posibilidad de otras pandemias. Por eso, ha llegado el momento de abrazar esa incertidumbre y avanzar sobre principios y valores estratégicos.
Albert Camus decía que cada generación se cree destinada a rehacer el mundo. En Colombia, para los líderes presentes y futuros, en materia de política exterior, esa sentencia es un mandato ineludible. Confiamos en que esta publicación contribuya a orientar el camino con un sentido plural y estratégico. El futuro ha llegado hoy.
GUILLERMO FERNÁNDEZ DE SOTO (*) Y ANDRÉS RUGELES (**)
Para EL TIEMPO
(*) Presidente del Consejo Colombiano de Relaciones Internacionales (Cori), excanciller (1998-2002) y exembajador ante Naciones Unidas.
(**) Vicepresidente del Cori, exembajador, investigador del Centro Adam Smith para la Libertad Económica, miembro asociado de la U. de Oxford, miembro de la junta asesora de la Unidad del Sur Global de la London School of Economics.
















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