Si algo caracteriza el comportamiento del presidente Petro es que en el trasfondo de sus afirmaciones y actuaciones se siente el peso de unos fantasmas que siempre lo acompañan y que de una manera u otra marcan el rumbo de esta administración.
Los fantasmas del presidente reflejan sus obsesiones, con demasiada frecuencia impiden su objetividad y crean barreras en su ejercicio del poder.
Lo sorprendente es que estos fantasmas no lo acompañan desde el primer día, fueron apareciendo poco a poco, acelerando su influencia, hasta volverse evidentes a partir de marzo de 2023 con el primer intento de incluir la expropiación sin proceso jurídico, solo por decisión de ANT, en el PND (…) Su presencia marca una clara diferencia en la naturaleza del gobierno Petro; su influencia rompe el Acuerdo Nacional y define al presidente como dos mandatarios distintos: uno antes de los fantasmas y otro con ellos en el hombro; uno socialdemócrata y otro claramente de izquierda.
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Sin duda el más visible y el que ha generado más ruido es el fantasma del neoliberalismo (…) Para hacer visible este fantasma enorme y poderoso es importante recordar el proceso de cómo entra el neoliberalismo al país. Aunque Colombia no perdió la década de los 80, su modelo económico de industrialización ya mostraba agotamiento. Desde las décadas de los 70 y 80, tanto la izquierda como la derecha critican este modelo dirigido por el Estado, entre otras, por su falta de disciplina en el manejo económico. Por ello, cuando el Consenso de Washington (TWC) llegó con fuerza a América Latina, este país no fue la excepción. Bajo el lema de Bienvenidos al futuro, el gobierno Gaviria lo adopta “como la forma de dejar en el pasado esquemas de desarrollo obsoletos para abrir el camino a la modernidad”.
La esencia del neoliberalismo reduce el papel del Estado en la economía para darle un gran protagonismo al mercado. En una fuerte crítica contra este modelo, López M. y Pachón destacan que “lo que sí consiguió fue cambiar por completo la estructura social de las naciones que lo implementaron, aunque esta jamás fue una meta. Sus políticas económicas forzaron el nacimiento de una clase social, los vulnerables, que se encargaron por sí mismos de no ser una carga para el Estado; eso sí, mientras no hubiese una crisis que les impidiera ganar su sustento día a día, en su único lugar de trabajo: la calle. La forma como se diseñó la política antipobreza (…) creó un nuevo problema social de grandes proporciones al consolidar como actividad de ese sector el ser pobre; entre otras, porque no se preparó a la población para ser productiva; para responder a las leyes del mercado”.
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Sin duda, la exclusión de la desigualdad y de las etnias en los objetivos del neoliberalismo es una crítica válida del presidente Petro. Sin embargo, este fantasma lo lleva a que todo lo que tenga relación con economía es solo neoliberal. Es decir, confunde una disciplina con una de sus escuelas de pensamiento.
Por su obsesión con el tema subestima los argumentos económicos que deben incluirse en todas las reformas que impulsa un gobierno.
Lo curioso es que este embate del presidente contra el neoliberalismo coincide con una creciente crítica a esa escuela de pensamiento, pero lejos de impulsar y participar en ese necesario debate, emprende una batalla campal constante que va mucho más allá de la economía y con consecuencias de una gravedad infinita.
Contra la economía
Este fantasma claramente antineoliberal sí incide negativamente en aspectos económicos adoptados por Colombia. De ahí nace la permanente interferencia y cuestionamientos del presidente sobre decisiones del Banco de la República, cuya independencia del Estado es uno de los grandes pilares de la economía y logro del neoliberalismo. Este tipo de intromisión tiene una historia negativa como la ordenación de emisiones de moneda para obligar al banco a financiar un Estado que gasta más allá de sus límites o la presión para bajar tasas de interés sin importar su efecto sobre el incremento de los precios. Es decir, el país pierde así la capacidad de controlar la inflación y de planear la economía a largo plazo y no solo para el gobierno.
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En el manejo de las finanzas públicas, con su decisión de congelar por tres años la aplicación de la Regla Fiscal a través del uso de la cláusula de escape, no solo rompe la senda que hace sostenible la deuda pública, sino que desafía principios neoliberales que controlan el gasto público para que se ajuste a los ingresos fiscales del Estado. Gracias a ello se controlan el nivel de endeudamiento, las tasas de interés y se mantiene la confianza en los mercados nacionales e internacionales.
Hoy nuestra economía tiene el déficit fiscal más alto de la historia, fuera de pandemia. Este pasa del 4,2 % del PIB en 2023 a 7,15 % en 2025 (aproximadamente $130 billones), con una deuda externa que crece de 53,4 % del PIB en 2023 a 61,3 % en 2025 (aproximadamente $1.115 billones), cuando el ancla es de 55 %. Y así, bajo justificaciones que no comparte el Comité Autónomo de la Regla Fiscal (Carf), se rompe la Regla Fiscal por primera vez en el país.
Por la desconfianza del mundo financiero en el manejo económico del presidente, hoy los colombianos pagamos muy caro por el nuevo y creciente endeudamiento del gobierno, la tasa de cambio puede aumentar y esa alza incide directamente sobre la inflación; una bola de nieve con un impacto negativo que recae en las familias colombianas.
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No es fácil entender cómo un economista, como lo es el presidente Petro, con una historia de vida en lo público, no mida el costo político de perder el reconocimiento en el manejo serio y responsable de variables críticas de la economía nacional. Más increíble aún es que permita que un simple fantasma, producto de su obsesión con el neoliberalismo, desequilibre la política económica de Colombia.
Contra la tecnocracia
La tecnocracia colombiana, aunque relativamente joven frente a la de Argentina o Chile, logró posicionarse como una de las más respetadas de América Latina en un poco más de medio siglo.
Álvarez y Hurtado describen el surgimiento de la tecnocracia colombiana como “la transición de la administración pública tradicional (antes en manos de abogados) hacia una gestión basada en el análisis técnico y el pragmatismo, fundamentada en la profesionalización de los economistas, que marca el inicio de una economía moderna y una política de desarrollo desvinculada de las convenciones partidistas e ideológicas tradicionales. Sin embargo, la búsqueda de una forma de producción de políticas públicas basadas en el conocimiento experto, con la pretensión de mantener una independencia del ámbito político, contribuyó a un distanciamiento entre la tecnocracia y otros actores sociales”.
La primera indicación de que nuestra tecnocracia tiene un enemigo que comienza a destaparse es el llamado del presidente a los Ph. D. colombianos para que envíen sus hojas de vida con el fin de integrar su equipo de gobierno; miles lo hicieron y, ¡oh sorpresa!, a nadie llamaron. Hoy los reclamos por ello abundan en X.
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Para este presidente, todos sus colegas somos neoliberales, ineficientes y servimos solo a la oligarquía. Si bien es cierto que a partir de los 90, una gran parte de la tecnocracia colombiana asume la aplicación de TWC en el país, no todos lo hacemos (…); pero de ahí a afirmar que todos somos ineficientes y serviles a los intereses de los más ricos hay mucho trecho. La tecnocracia colombiana merece respeto. Es muy profesional, comprometida con el país, cumple con los objetivos definidos por los distintos presidentes para los que trabaja y lo hace dentro del marco de la ley.
Los resultados de su desprecio por la tecnocracia son evidentes en Minhacienda (economista sin formación macro), Minagricultura (abogada), Mincomercio (politóloga) y Planeación Nacional (politóloga); nada más y nada menos que su equipo económico; sin palabras… Y eso que falta por identificar esa tecnocracia sacrificada que formó parte de los equipos de todos los ministerios y agencias estatales. Esos que (…) fueron sustituidos por activistas, por influencers o por aquellos claves en su campaña presidencial, independientemente de su capacidad para manejar asuntos de Estado.
Así, el presidente Petro también entra a la historia como el que destruye los equipos técnicos de la administración pública, el del Ministerio de Hacienda, pero especialmente el del DNP, reconocido como el centro público de pensamiento más importante del país.
Contra el sector privado
Por lo general, en las políticas públicas de un gobierno se considera de manera explícita o implícita su visión sobre el papel que asigna al sector privado y su relación con el Estado. Por su contribución al crecimiento económico, al empleo, a los ingresos por impuestos que recibe el gobierno, y en general por el papel que juega el empresariado en el desarrollo de un país es imposible desconocerlo como un actor fundamental.
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Ahora bien, sin duda, el neoliberalismo cambia la forma en que se relacionan el Estado y el mercado, lo que significa que se le abre un gran espacio al sector privado; en esto el presidente no se equivoca. Sin embargo, minimizar el rol del Estado no implica el abandono de su responsabilidad de control y vigilancia sobre todos los actores sociales de un país.
Al mirar las complejas relaciones presidente-empresariado es evidente que el fantasma del neoliberalismo domina totalmente la forma en que el gobierno trata al sector privado colombiano. En su afán por castigar su papel protagónico en el modelo neoliberal, lo ignora para aislarlo y excluirlo del desarrollo del país. Más grave aún, a través de insultos impide el diálogo con quienes representan uno de los factores de producción críticos: el capital.
Al romper esta comunicación, el presidente pierde la capacidad de medir el impacto que sus políticas públicas tienen sobre este actor social que genera el empleo formal que beneficia a la población, un volumen significativo de impuestos que financian el gobierno y desestimula la inversión privada y esos cambios tecnológicos definitivos que aceleran el crecimiento. El presidente atribuye al neoliberalismo todos los males del país, y como el sector privado se beneficia de ese modelo, en vez de utilizar los instrumentos disponibles totalmente bajo su control para cambiarlo o para hacer ajustes necesarios, entierra un instrumento fundamental que fortalece la capacidad de control y vigilancia del Estado: la concertación.
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En aras de ser justos, la verdad es que las actividades empresariales también sufren del efecto del fantasma del neoliberalismo porque su predominancia gracias al modelo les da un poder muy grande; uno difícil de soltar. Su vínculo al poder político, ostentado por siglos, disminuye sustancialmente en este gobierno. Un cambio brutal que lo desconcierta y lo lleva a equivocarse en su relación sector privado-Estado y que ahonda la ruptura iniciada por el primer mandatario (…) Una ruptura innecesaria y muy inconveniente; una situación insólita en un país que no puede desconocer que este sector genera empleo y contribuye al desarrollo de Colombia.
Este es el otro grupo que aún no dimensiona que el presidente cambió el país, que equivocadamente ve su gobierno como una pausa en el camino, y que como solo quedan pocos meses, este es un problema de paciencia antes de volver a tener la misma influencia de los últimos 30 años (…) Sin duda, el sector privado colombiano es otro que se beneficia del Frente Nacional y que ahora debe entender lo que significa romperlo. Si hay un grupo de la sociedad que no se prepara para las nuevas realidades políticas que enfrenta este país, es precisamente el de los empresarios colombianos.
En síntesis, el fantasma del neoliberalismo vive en los hombros de más de una persona en Colombia. Son 30 años de implementar las metas del TWC, y obviamente están cimentadas en muchas mentes, a pesar de sus enormes fallas, deficiencias y algunas virtudes. Sin embargo, debe recordarse que parte del rol de un primer mandatario es representar a todos los ciudadanos y no solo a quienes lo eligieron, y ese principio obliga a buscar consensos, soluciones, acuerdos para mejorar la vida de todos. Definitivamente no le da vía libre para pelear con todo el mundo por la influencia de un fantasma rebelde, ignorante y demasiado poderoso sin razón.
Este es un fragmento del capítulo ‘Los fantasmas del presidente’, que fue editado por razones de espacio.
CECILIA LÓPEZ
Especial Para EL TIEMPO
















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