En Córdoba, el río Sinú decide lo que se come. De sus aguas depende una parte enorme de lo que llega al plato, a la mesa nacional: maíz, arroz, yuca, plátano, ñame, fríjol. Y el ganado que pasta en esa misma llanura y se convierte en carne y leche. El río Sinú es vida. Es fertilidad. Es despensa.
Esa relación entre cocina y territorio no empezó ayer. Mucho antes de que habláramos de infraestructura hidráulica, los zenúes organizaron su vida alrededor del agua con una base agrícola muy desarrollada. Entendieron algo elemental: el territorio era inundable y con vida propia. Diseñaron canales que permitían que el agua se expandiera y luego se retirara dejando sedimentos fértiles. La creciente no interrumpía el calendario agrícola; formaba parte de él.
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Esa lógica está representada en una bellísima ilustración en el billete de veinte mil pesos. Con el tiempo, la modernidad quiso hacer el cauce más estable, más previsible, más manejable. Se levantaron jarillones, se rectificaron tramos y desde el año 2000 la represa Urrá I regula el caudal desde el Alto Sinú. Cada temporada de lluvias, el río vuelve a recordar que es indomable. Cuando el agua supera la capacidad de regulación, cuando el embalse debe descargar, cuando la planicie se llena, el Sinú muestra que sigue teniendo memoria.
Lo que ocurrió en las últimas semanas no fue solo una emergencia regional. Miles de hectáreas bajo el agua, familias desplazadas, ganado perdido, cultivos arrasados. Las imágenes recorrieron el país como una tragedia más en el calendario invernal, pero en Córdoba significaron algo más profundo: una despensa herida. Porque cuando se anegan los sembrados y se interrumpe el ciclo productivo, la conversación deja de ser local y se convierte en nacional.
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No se trata de demonizar la infraestructura. Pero mientras que los zenúes diseñaron una red distribuida que acompañaba la expansión natural del agua, la ingeniería contemporánea concentró el control en una gran obra y confió en que eso bastaría.
La tragedia no se va cuando el nivel del agua baja. Quedan cultivos arrasados, viviendas afectas, pérdidas de ganado y suelos que necesitarán tiempo para volver a producir. La recuperación es lenta. También lo es para las economías campesinas que dependen de cada ciclo agrícola.
La historia de esta llanura también es la historia de decisiones tomadas sin diálogo suficiente con quienes dependen directamente del río. No es solo un problema de clima ni de infraestructura; es también una forma de administrar el territorio que, una y otra vez, ha privilegiado el cálculo sobre el conocimiento local y ha relegado el papel de los ríos como proveedores de vida.
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El Sinú no es únicamente un recurso natural que se controla o que se administra. Es la base de una economía campesina que alimenta gran parte de la mesa nacional. Y mientras esa dimensión no esté en el centro de la conversación y de la política pública, el Sinú seguirá recordando que no todo puede imponerse sin dialogar con las comunidades. Buen provecho.
Margarita Bernal
Para EL TIEMPO
@MargaritaBernal
















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