Willie Colón murió el pasado sábado, apenas unos días después de que Bad Bunny sacudiera el escenario más visto del planeta. Mientras el eco del Super Bowl aún satura las pantallas, el trombón que durante más de medio siglo narró la identidad latina en Nueva York se ha callado para siempre.
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Hay algo simbólico en esa coincidencia: es como si una generación entregara la posta a otra. Colón fue, en su tiempo, quien encarnó la conciencia latina urbana: la experiencia del barrio, la migración, la dureza y el orgullo de una comunidad que se afirmaba en medio de la marginalidad. Hoy, esa energía expansiva y global se agita en una nueva bandera caribeña que vuelve a colocar lo latino en el centro del mapa cultural. Pero si el relevo existe, no es simétrico. Colón fue áspero, frontal, a veces extremo y contradictorio; la sensibilidad contemporánea es inclusiva y amplificada por una era digital que el Bronx de los setenta jamás habría podido imaginar.
Willie Colón, durante una presentación en Panamá, en el 2019. Foto:Efe. Bienvenido Velasco
Tenía 75 años. Nacido en el Bronx, de familia puertorriqueña, Colón creció en un territorio donde la música era memoria, resistencia y afirmación cultural. En ese cruce de migración y herencia caribeña empezó a moldearse el sonido que proyectaría el fenómeno salsero al mundo. No hablamos de un simple trombonista: más que cantante, compositor o arreglista, Colón fue un extraordinario productor que supo elegir y combinar repertorios, afincar bandas y convertir canciones en relatos.
El barrio suena
Con apenas 17 años grabó El Malo (1967) junto a Héctor Lavoe, y desde ese debut quedó claro que no venía a repetir fórmulas. Mientras la salsa empezaba a sazonarse bajo el sello Fania Records, Colón le añadía sus propios condimentos. Apostó por trombones al frente —más densos y urbanos que las trompetas— y con esa decisión alteró el mapa sonoro del género. Hasta entonces, la trompeta había dominado la salsa y el son como instrumento de liderazgo melódico. Colón desplazó esa hegemonía. El trombón dejó de ser acompañamiento grave y pasó a convertirse en voz principal: áspera, callejera, con una autoridad casi narrativa. El sonido del barrio encontró su metal.
La etapa entre 1967 y 1974 fue un sacudón estético. Cosa Nuestra, La Gran Fuga y Lo Mato consolidaron un sonido narrativo y urbano. Che Che Colé convirtió un canto de raíz africana en celebración multitudinaria; El día de mi suerte hizo bailable la fe obstinada de los que viven al margen; Sin poderte hablar introdujo intimidad boleril al sabroso golpe salsero: “En un cuarto lleno de gente, un corazón agonizaba”, cantó. Más que simple repetición, el montuno era para Colón una explosión emocional. Sus canciones nos entraban por los pies, pero se nos metían al pecho, se quedaban en el pensamiento. En la cantadera del día a día.
En 1970, nos sorprendió con Asalto Navideño. El “malo” del Bronx endulzaba su rudeza e impregnaba su trombón de tradición jíbara y aguinaldos. Lejos de diluir su identidad, la expandió. Aires de Navidad dejó de ser canción para convertirse en ritual. Cada diciembre, sigue sonando en millones de hogares latinoamericanos, alegrando el gran festejo familiar del año.
Poco después, Colón sería determinante en el éxito de la Fania All Stars, la orquesta que convirtió la salsa en espectáculo transnacional. El concierto del Cheetah, en 1971, y la histórica presentación en el Yankee Stadium, en 1973, demostraron que aquella música nacida en barrios y clubes latinos podía llenar estadios y cruzar fronteras. Lo que comenzó como escena neoyorquina se volvió movimiento cultural continental.
Las dos leyendas de la salsa compartieron cartel en Fania. Foto:Getty Images
Aunque su dúo artístico con Lavoe se había disuelto, Colón produciría La Voz (1975) el álbum debut del flaco de Ponce en el que se grabaron una seguidilla de éxitos como El Todopoderoso, Emborráchame de amor, Paraíso de dulzura, Mi gente y Rompe saragüey, adaptación salsera de un motivo tradicional que privilegia la raíz cubana y el piano portentoso de Markolino Dimond, de cuyo solo jamás nos cansaremos. La cúspide vendría con los álbumes De ti depende (1976), y Comedia (1978), en los que Colón fue productor, arreglista y director musical. Periódico de ayer y El cantante, son éxitos de esta tremenda cosecha. Aún sin figurar en las portadas, el necio del Bronx seguía marcando el rumbo.
La palabra se hace gozo
El encuentro entre Colón y Rubén Blades amplió aún más ese horizonte. Con Metiendo Mano (1977) y, sobre todo, con Siembra (1978), la salsa dejó de mirar únicamente la esquina y propuso un diálogo intercultural más arraigado en la realidad política y social latinoamericana, tan golpeada en esos años por las dictaduras militares, la represión y la censura. La salsa se elevó entonces a crónica social y reflexión pública. Pedro Navaja, transformó la violencia urbana en narración literaria; Plástico, desmontó la obsesión por la apariencia; Talento de televisión, ironizó sobre la cultura del espectáculo. Colón supo darle espacio a la palabra sin sacrificar la contundencia rítmica. El arreglo dejó de ser acompañamiento y se volvió arquetipo dramático. Siembra no solo redefinió el género: se convirtió en uno de los discos de salsa más vendidos de la historia.
Por esas vueltas de la vida y de la industria, siento que los reconocimientos para Colón no estuvieron a la altura de su estela musical. Sí, obtuvo once nominaciones en los Grammy; sí, en 2004 recibió el Grammy Latino a la Excelencia Musical; sí, vendió más de 30 millones de discos. Pero esos números se quedan cortos si pensamos en su dimensión creativa y en su legado.
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La trascendencia de su obra y sus arreglos, sobrepasa estos descuidos. Hablemos, por ejemplo, de El Gran Varón, escrita por Omar Alfanno y grabada en 1989. La historia de Simón (No me conoces / yo soy Simón / Simón tu hijo, el gran varón) irrumpió en una cultura profundamente machista para hablar de identidad, exclusión y dolor familiar. Fue éxito masivo y espejo incómodo. La salsa nos hacía bailar, al tiempo que tocaba una herida social abierta.
Colón también tendió puentes para enriquecer el sonido urbano neoyorquino con otros géneros: bomba, plena, calipso, mambo y merengue. Además, incorporó elementos de funk, soul, rock, jazz, reggae y hip hop. Mención aparte merece su fascinación por las músicas de Brasil. Oh, ¿qué será? llevó al universo salsero la pieza O Que Será (À Flor da Pele / À Flor da Terra), de Chico Buarque, nacida bajo la dictadura brasileña. No fue una simple traducción: fue una relectura rítmica que trasladó su complejidad armónica al montuno caribeño. Algo similar ocurrió con Usted abusó, versión de Você abusou, del dúo Antônio Carlos & Jocafi, que también inmortalizó Celia Cruz. Gracias a esas adaptaciones, muchos oyentes, incluyéndome, descubrimos la riqueza de la música popular brasileña a través de la salsa. Colón no imitó: conectó tradiciones que dialogaban en una historia común.
“Willie fue el perfecto ejemplo del músico latino en Nueva York: un tipo recursivo que empieza a hacer música desde la afición y que tenía sus limitaciones como trombonista. Pero con el paso de los álbumes, se empieza a notar su enorme creatividad gracias a los viajes que hizo por Latinoamérica, en los que conoció más a profundidad el repertorio folclórico, la música africana y los sonidos de Brasil. Al ser un catalizador de estas corrientes, logra una clara evolución en sus discos posteriores, cuando empieza a producir los trabajos de Lavoe y de Blades, con un estilo disruptivo y vanguardista”, dice el periodista e investigador Ricardo Mendivil.
‘El gran varón’ hizo parte del álbum ‘Top secrets’, lanzado en 1989. Foto:YouTube: Willie Colón
Poder y contradicción
La relación con Rubén Blades, que había producido uno de los discos más influyentes del género, terminó erosionada por desacuerdos contractuales que estallaron públicamente en 2003. Aquella imparable sociedad creativa acabó cuarteada por reproches y distancias. Colón nunca fue diplomático. Decía lo que pensaba, incluso cuando eso lo dejaba solo. Blades, hasta el fin, le reconoció su gloria y lo trató con respeto.
La faceta política de Willie Colón también estuvo marcada por esa frontalidad. Aspiró a cargos públicos en los noventa y fue teniente adjunto del Departamento de Seguridad Pública de Westchester. En su última etapa, expresó su apoyo al presidente Donald Trump y defendió con vehemencia el derecho a portar armas en Estados Unidos. Para muchos seguidores de la salsa consciente, esas declaraciones resultaron desconcertantes. El imaginario latino que él había ayudado a forjar parecía contradecirse con esas posturas.
Es ahí donde los caminos de Colón y de Benito se separan: mientras el primero afirmó lo latino desde la marginalidad urbana del Bronx para luego alinearse con la derecha estadounidense, el boricua lo reivindica incluso como parte de la cultura de ese país, de la cual ya no puede ni debe escindirse. Es un mensaje potente, imposible de suprimir, ya instalado en el centro de la industria global del entretenimiento. El “gánster del Bronx” ayudó a llenar el Yankee Stadium cuando la salsa todavía pedía reconocimiento; Bad Bunny, en cambio, se mueve en la lógica instantánea del streaming y la viralidad. Son escalas distintas de un mismo impulso. Pero ambos entendieron, a su modo, que la cultura latina no pide permiso. No lo necesita.
De las dos o tres veces que fui a un concierto de Colón, recuerdo una en especial, aquí en Bogotá, en una discoteca, junto a otros grandes de la Fania All Stars como Cheo Feliciano, Richie Ray, Bobby Cruz e Ismael Miranda, ya en la madurez de sus carreras. Esa vez, entré al camerino y conversé unos minutos con aquellas luminarias. A Willie lo afectaba la altura, pero se mostró amable. Y aunque estaba corto de aire, me impresionó la potencia con la que tocó el trombón en los cinco o seis números que interpretó antes de que Cheo subiera al escenario. En lo personal, siempre tuve una fascinación por el virtuosismo de Barry Rogers como trombonista icónico del movimiento salsero, pero aquella noche comprobé que la figura de Colón tenía un aura imposible de alcanzar. Su fuerza, ya mermada, estaba en la historia que lo antecedía y en el respeto que, a pesar de sí mismo, merece por su genio y su visión musical.
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El ícono salsero Willie Colón. Foto:Julio César Herrera. Archivo. EL TIEMPO
Además de Idilio, esa noche cantó Mi sueño, un cover de Disritmia, del gran músico y compositor brasileño Martinho da Vila: “Yo quiero ser pacificado por el aguardiente de tu amor profundo…”
Contagiado por el fervor de los aplausos y los gritos que le pedían no dejar el escenario, me di cuenta de lo mucho que debía agradecerle por haber cantado, en español, una canción tan hermosa. Y por haberme llenado de curiosidad hacia la lengua portuguesa. Y por atreverse a grabar con una voz muy conversada y muy modesta, en una época en la que brillaron las voces estelares de la salsa, esas que mandaban en los bailaderos de La Candelaria, Teusaquillo o Chapinero, cuando alzábamos los brazos, no de miedo sino de gozo, y creíamos develar los misterios de la vida y del amor en un solo de siete minutos, una descarga, una baldosa, un amacice.
Ha muerto Willie Colón. Pero el movimiento cultural que lideró no se extingue con él. Cambia de escenario, de tono, incluso de ideología. Lo que permanece es la certeza de que la salsa no fue solo baile: fue identidad en disputa. Y en esa disputa, su trombón seguirá sonando.
Por Juan Martín Fierro
Especial para El Tiempo
















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