Bogotá tiene miedo. La gente tiene miedo. No hay tema de conversación en el que no se hable de eso, de la sensación de sentirse atemorizado en todo momento: mientras se va al supermercado, se está en una cafetería, se aborda un bus o se está en un trancón. Miedo a tomar un taxi en la noche, a salir con amigos de una fiesta, de una cena, a sacar el celular, a que se nos note el computador en el morral, a tomar por una calle vacía, al ruido de una moto que se acerca o de un ciclista que viene en nuestra dirección. Miedo del tipo en la esquina, del limpiavidrios, del sujeto que cruza la calle, del que se acerca a preguntar una dirección, del que no se quita el casco, del que luce tal o cual pinta. No, no es prejuzgamiento, no es falta de empatía ni prejuicio. Es miedo. Solo eso.
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Ya se volvió parte de mi rutina llegar a casa y escuchar a mi mujer con el resumen del día: un chat de vecinos con el último incidente en la calle, el último atraco, los sospechosos del parque, los falsos domiciliarios, las advertencias del administrador, el video con la balacera, el atraco, la pelea. Y el comentario fulminante: esta ciudad está invivible.
Violento robo en Bogotá. Foto:Capturas CityTV y tomada de redes sociales.
Y entonces uno, que ama esta ciudad, trata de encontrarle sus cosas buenas: la reducción de la pobreza, el último concierto taquillero, el turista que la elogia, el restaurante al que premian, otra nueva librería, ofertas de empleo, un nuevo puente, un oso en la montaña, unos niños que juegan, una pareja que se ama, las palmeras de la avenida, la bruma de la mañana, el tropel de bicicletas, el concierto bajo el puente, la abuela con su nieta, los estudiantes en la acera…
Me acuesto con la sensación de que el vaso sigue medio lleno. Que, pese a todo, el crimen en la ciudad es el mismo de Nueva York, Buenos Aires o París, con la diferencia de que en esas ciudades el número de policías es el triple, la justicia suele ser más efectiva y la gente no percibe el mismo miedo que hoy se percibe en Bogotá.
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En paralelo, y hay que insistir en ello, el miedo a la ciudad es consecuencia de múltiples factores. Hay, evidentemente, un accionar delincuencial que pareciera salido de control. Entre balaceras, atracos, muertos, heridos y videos que no distinguen lugar ni fecha de ocurrencia, terminamos capturados por las pantallas, preguntándonos cuándo será nuestro turno o rogando para que no llegue. Y pese a ello, la gente las sigue consumiendo, desenfrenadamente, no solo porque es morboso sino porque está segura de que ese video constituye la prueba que hacía falta para compartirlo entre los más allegados, especialmente los hijos, para que les sirva de alerta ante el peligro inminente.
Capturados por hurto a comercio en Bogotá Foto:Policía Mebog
Decía que el crimen es igual en todas partes. O casi igual. Pero la gran diferencia es cómo opera el aparato de justicia. El hurto de un celular suele tener penas bajas, prisión domiciliaria o multas en muchos países. Pero lo que ha venido sucediendo en nuestra ciudad es que los hampones se han apoderado de las calles amparados en las fisuras de nuestras propias normas. Y los casos pululan. Un atracador, armado, fue capturado con brazalete electrónico, estaba en la calle, porque el sistema penitenciario es un desastre, porque no hay tecnología ni recursos. Otro caso: la misma banda de fleteros que había sido capturada y desmantelada hace solo unos días, y que un juez dejó libre, volvió a sus andanzas. Esta semana los mismos hampones cayeron en una acción de la Policía. ¡La justicia funciona!, dijimos todos. Pero no: un par de horas después, la misma banda, esta vez sí con antecedentes, volvió a quedar libre. ¿Cómo se le explica eso a la mamá angustiada? ¿Al comerciante extorsionado? ¿Al transportador amenazado? Y qué tal la que soltó el alcalde Galán: el fletero que asesinó a un ciudadano en Kennedy esta semana tenía en su prontuario capturas previas, hurto agravado, violencia intrafamiliar y ya se había fugado de la cárcel. Pero andaba haciendo de las suyas.
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El abogado Daniel Mejía publicó en sus redes esta semana que más del 50 % de los capturados por hurto ya tenían capturas previas; el 51 % de imputados por la Fiscalía tenía imputaciones previas, y hay delincuentes que han sido capturados hasta 50 veces sin que pase nada. ¿Cómo explicamos esto? ¿Como lo hizo un abogado que escuché esta semana en radio? Dijo: es mejor dejarlos libres que enviarlos a la cárcel para que se vuelvan peores criminales. Y porque así se contribuye a no generar más hacinamiento en las prisiones. Entiendo el sentido filosófico de lo que quiso decir, pero eso no resuelve el problema de inseguridad en Bogotá. Peor aún, no resuelve el problema de confianza en la justicia, lo mínimo que se le pide a un estado. Ese romanticismo legal no les va a devolver a las familias sus muertos en un atraco, ni sus bienes, ni su tranquilidad, ni el amor por la ciudad ni el respeto por la ley.
ERNESTO CORTÉS FIERRO
Editor General EL TIEMPO
X: @ernestocortes28
erncor@eltiempo.com
















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